ANTIFRAGILIDAD, SEGURIDAD, Y OTRAS COSAS

 

 

En la vida hay una especie de torpeza, de fragilidad física, de constitución débil, de tartamudeo vital, que constituye el encanto de cada uno. El encanto, fuente de vida; el estilo, fuente de escritura. Pero la vida no es vuestra historia. Los que no tienen encanto no tienen vida, están como muertos. Pero el encanto no es la persona, el encanto es lo que hace que captemos a las personas como otras tantas combinaciones y posibilidades únicas de que tal combinación haya sido sacada. Una tirada de dados es forzosamente ganadora, puesto que afirma suficientemente el azar, en lugar de recortarlo, probabilizarlo o mutilarlo. Y lo que se afirma a través de cada frágil combinación es una capacidad de vida, con una fuerza, una obstinación, una perseverancia en el ser sin igual.

Gilles Deleuze

 

Nicholas N. Taleb es muy conocido por el desarrollo del concepto de cisne negro,  en el libro del mismo título. Define a los cisnes negros como eventos de baja probabilidad pero de alto impacto. 

Pero a pesar de estas características, el ser humano se cree  convencido  de su capacidad para detectarlos, basándose en el análisis retrospectivo de los hechos, que genera esa falsa ilusión. El error parte de subestimar el azar.

En el ámbito de la seguridad es muy habitual tanto la utilización del término, como los intentos para poder tratar de detectar estos eventos previamente, cuestión que podría generar un amplio, encendido y productivo debate. En todo caso, compartir esta opinión no elimina la necesidad de pensar, de analizar y de trabajar sobre el futuro como un primer paso para influir en él, como señalaban los gurús de la prospectiva.

La pretensión de conocer el futuro choca con la realidad diaria. Si no sabemos interpretar el pasado, si lo manipulamos continuamente  para servir a intereses determinados,  si no gestionamos adecuadamente las posibles “lecciones aprendidas”, ¿cómo vamos a poder estudiar y comprender el futuro?

Nuestro mundo está compuesto de sistemas complejos, con multitud de factores interdependientes, y no lineales. Señala Taleb la imposibilidad de medir los riesgos de sucesos raros y de predecir su incidencia, criticando duramente a quienes así lo venden. Como mucho se adjudicaría una probabilidad, sin ninguna garantía de poder señalar, por ejemplo, que una crisis es mas probable que otra (empezando a relacionar con la seguridad propongo pensar en el caso de Túnez, celebrando en estos días el tercer año de su “revolución”. Pudiendo pensar en que existieran protestas y revueltas ciudadanas en algunos países, con unas causas estructurales de fondo, difícil sería adjudicar más probabilidad a un país que a otro, y posiblemente Túnez sería uno de los que menos apuestas en ese sentido hubieran generado).

También comparto con Taleb la crítica hacia las predicciones, tan de moda actualmente asociadas al concepto de Big Data (la gestión de datos masivos). Sistemas que al basarse en datos tienen en cuenta el pasado, y como bien sabemos “el pasado no siempre explica el futuro” (abordado en un artículo de próxima publicación)

Por estos motivos (la imposibilidad de medir estos riesgos, y su fundamento en datos del pasado que impedirían facilitar “inteligencia” sobre hechos que nunca han sucedido previamente) Taleb  llega a una conclusión: no tiene sentido ocuparse de detectar los cisnes negros. Es mucho más útil, dado que la incertidumbre nos va a gobernar, y estos eventos raros pero perjudiciales se van a seguir produciendo, detectar todas aquellas “cosas” que resisten en el caos saliendo reforzadas de la adversidad, de la crisis. A todo ello lo denomina Antifragilidad, materia a la cual dedica su última obra. Lo antifrágil, un neologismo dado que no existe antónimo de frágil (no es lo fuerte o lo robusto), se beneficia del desorden, del azar, de la presión, de los ataques,…y encuentra su ecosistema en el riesgo y la incertidumbre, e incluso en el error (cuestión complicada de admitir en sociedades como la nuestra, pero a lo que no hay que temer, ni tampoco a confesar los errores).

A diferencia del riesgo, que no se puede medir, la antifragilidad, según Taleb, sí puede hacerse. Y además no es predictiva. La dificultad radica en poder detectar qué es antifrágil. Para ello aporta una norma básica: “todo lo que salga más beneficiado que perjudicado de sucesos aleatorios (o de crisis)”

Otro manido concepto, en los últimos tiempos, en el ámbito de la seguridad, es el de resiliencia, que aparece citado en muchas estrategias de seguridad nacional,  como objetivo a lograr. La resiliencia, concepto psicológico, es la capacidad del ser humano para sobreponerse al dolor, los traumas y la adversidad. A un nivel más global se aplica a los sistemas o a las sociedades. En seguridad se señala habitualmente como una característica a desarrollar para enfrentarse a atentados o a catástrofes, con el objetivo de restaurar el normal funcionamiento de infraestructuras y del sistema social (y productivo) al estado previo al ataque, a la mayor brevedad posible. La resiliencia no es antifragilidad. Desde este punto de vista la resiliencia es un concepto limitado, reactivo, y timorato. Sólo logra, con mucho esfuerzo, restaurar el daño producido. La resiliencia es una necesidad para enfrentarnos a riesgos y amenazas, pero es no es ninguna heroicidad. 

Tampoco tiene que ver el concepto de antifragilidad con la “liquidez” de Zygmun Bauman, aunque todo aquello líquido sí puede ser antifrágil (en su momento abordado pensando en seguridad “Obama, terrorismo y Seguridad Líquida”, páginas 13-16). Tampoco se trata únicamente de superación de la adversidad, aunque ésta, en muchos casos, ha servido de catalizador hacia una vida con unos resultados por encima de los de la situación de partida. Es obligado en este campo señalar el magnífico libro de Álvarez de Mon “Desde la adversidad” (artículo en Revista Empresa y Humanismo). O al médico y divulgador Mario Alonso Puig en su última obra “El Cociente Agallas“. Todo ello como ejemplos de lecturas didácticas, motivadoras y accesibles a cualquiera, aunque se fundamenten, en el mejor de los casos, en estudios rigurosos de carácter psicológico.

Ofrece Taleb multitud de ejemplos de cosas frágiles o antifrágiles:

–  La amistad es frágil (la vida lo demuestra en muchas ocasiones).  Para Taleb es robusta la atracción, y puede que no le falte razón. No es difícil pensar en más casos en este ámbito de sentimientos. A bote pronto se me ocurren como frágiles el matrimonio, incluso el enamoramiento (en su versión enfermiza y dependiente). En cambio he decidido adoptar como antifrágil el encanto, que considero que refleja mucho mejor el concepto creado por Taleb, puesto que como se señala en la cita con la que comenzaba este comentario, se nutre de fragilidad, debilidades, defectos. Sería, en mi opinión, una de las cumbres de la antifragilidad. Convierte lo frágil en antifrágil. 

–  Para Taleb la burocracia es frágil, y el emprendimiento es antifrágil. Desde este punto de vista podríamos fácilmente pensar en cuestiones que serían antifrágiles, según Taleb, como poner el alma (frente a no arriesgar), la virtud (frente a las reglas), la volatilidad, la erudicción (frente a lo académico), lo holístico (frente a lo separable), lo pequeño (frente a lo grande).

También sería sencillo poder ampliar la lista con un pequeño ejercicio de reflexión (no se cómo me da a mí por estas cosas), y añadiría a título personal, además del encanto, el altruismo (que es alimentado por la escasez y la necesidad), la asimetría, lo líquido en el sentido de Bauman, la motivación (frente a la fragilidad del deber), el fracaso (siempre que empuje a la superación), la rebeldía (se crece con los sistemas impuestos), la libertad (que reacciona frente a las limitaciones que se imponen), la creatividad (que surge en muchas ocasiones en momentos de escasez o de necesidad), o la locura (bueno, esto es sólo para justificarme).

¿Y esto puede tener interés en seguridad? Sinceramente, ni idea, pero en ello estoy…

Ya he señalado la limitación del concepto de resiliencia. Pero es que el propio concepto de seguridad es en sí mismo frágil. Seguridad implica mantener, y por tanto ajeno a crecer en situaciones de crisis, de desorden, o de ataque (aunque habría que matizar). Por tanto, con seguridad y con resiliencia empezamos a enfrentarnos ante riesgos y amenazas (de imposible predicción y medición según Taleb) desde una posición de perdedores, desde visiones limitadas. Y es que las palabras y como se denominen las cosas importan. Las palabras pueden lanzar a una persona o destrozarla. Aunque mucho se ha escrito y estudiado sobre ello, recurro de nuevo a un divulgador, Alex Rovira, que lo explica perfectamente. En definitiva, seguridad parece un concepto desfasado y frágil.

Podemos anticipar algunos ejemplos:

– Al Qaeda sería antifrágil, y las sociedades occidentales muy frágiles, al vivir en un miedo constante que no se corresponde con el nivel del riesgo (en mayor medida si lo comparamos con otros). El terrorismo es antifrágil, utiliza los propios golpes contra sus estructuras, en muchas ocasiones, para reforzar su posición, su discurso, y el número de seguidores (pensemos por ejemplo en los ataques de drones en Pakistán). Es más, las sociedades occidentales, se hunden en luchas políticas, manipulación, búsqueda de culpables y chivos expiatorios, cazas de brujas,…generando en muchos casos división entre sus miembros, entre los que están teóricamente en un mismo bando.  ¡Fragilidad extrema!

– Lo mismo sucede con cuestiones como la conflictividad y las protestas sociales. En muchas ocasiones, la represión, lo que hace es alimentar más el fenómeno, potenciarlo. Las protestas sociales se hacen en ocasiones antifrágiles (y cada vez lo serán más). También son antifrágiles los populismos y extremismos que se refuerzan con los ataques que reciben.

En definitiva, que si en el artículo citado anteriormente sobre Seguridad Líquida ya señalaba que nos enfrentamos a fenómenos líquidos desde situaciones poco flexibles, en este caso concluyo que nos enfrentamos a fenómenos antifrágiles desde la fragilidad: la burocracia administrativa, las malas praxis, la corrupción, las estructuras frente a las asimetrías, lo físico frente a lo ubicuo o digital, la jerarquía frente a las redes,…

¿Cómo hacer que una sociedad sea antifrágil? No, imposible, al menos en una sociedad, como la actual, del miedo, acomplejada y sodomizada (aunque esto último acostumbra al dolor, una extraña forma de resiliencia).

¿Pero podemos construir una sociedad resiliente? Tampoco:

 –       Ciudadanos acobardados por multitud de causas, por miedos propios pero también inyectados por el sistema (de forma intencionada o no). Entre ellos el miedo a la pérdida (por ejemplo del bienestar) o el miedo social derivado de una mala utilización y comunicación sobre los riesgos y amenazas.

–       Exceso de eco mediático a determinados fenómenos. Medios buscando el impacto, porque también los ciudadanos queremos la información inmediata.

–       Mala o nula comunicación en materias de seguridad. Ausencia de educación a nivel escolar o universitario.

–       Mala evaluación sobre los  riesgos y amenazas.

–       Una cultura basada en los riesgos en lugar de en las oportunidades. 

Pero quien me conoce sabe que no me gustan los finales tristes, así que en una próxima entrada comentaré cómo se puede tratar de ser (aunque no se logre) resiliente y, sobre todo, antifrágil.

 

En el corazón de todos los inviernos vive una primavera palpitante, y detrás de cada noche, viene una aurora sonriente.
Khalil Gibran
 
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