SOBRE LA INCERTIDUMBRE

 

Hay que aprender a enfrentar la incertidumbre puesto que vivimos una época cambiante donde los valores son ambivalentes, donde todo está ligado. Es por eso que la educación del futuro debe volver sobre las incertidumbres ligadas al conocimiento.

Edgar Morin

La historia no constituye entonces, una evolución lineal. Ella conoce turbulencias, bifurcaciones, desviaciones, fases inmóviles, estadios, periodos de latencia seguidos de virulencias… Es un enjambre de devenires enfrentados con riesgos, incertidumbres que involucran evoluciones, enredos, progresiones, regresiones, rupturas.

Edgar Morin

Sin duda la incertidumbre es uno de los signos de nuestro tiempo. Es habitual su mención en el ámbito de la seguridad al señalar la rapidez del cambio y la dificultad para prever los riesgos y amenazas a que nos enfrentamos. Durante la Guerra Fría los riesgos eran claros, los enemigos definidos, las armas conocidas. Actualmente desconocemos riesgos, enemigos (de carácter no estatal, mutantes, en red, y hasta invisibles en el ciberespacio), y armas (hace ya bastantes años descubrimos duramente la capacidad de la utilización como arma de aviones comerciales).

Esta incertidumbre es también una característica del mundo político. Los clásicos programas políticos electorales dejan de tener sentido al convertirse en un simple papel en cuestión de horas, decisiones de gobiernos son tomadas muy lejos de los mismos, en supuestas democracias se imponen presidentes no elegidos por los ciudadanos, y las reglas del juego se cambian a cada momento mientras que ante otras demandas, de actores más débiles o simples ciudadanos, se señala siempre la dificultad del cambio. Un mundo, como señala Moisés Naím, sin dirección, sin gobierno.

Y lo mismo o más sucede en el campo económico y financiero, especialmente en el segundo, dado su carácter ficticio. Lo que ayer eran beneficios se convierten en pérdidas en una tarde (caso Bankia). Lo que era seguro, preguntemos en Chipre, deja de serlo.

Únicamente el sistema financiero merece seguridad y estabilidad. Hoy de nuevo se habla de la incertidumbre en los mercados, pero no tanto en las personas.

Todo ello nos lleva a una sociedad absolutamente desamparada, que no puede creer absolutamente en nada. Imposible confiar en cualquier político, las hemerotecas no mienten. Imposible creer en el sistema económico y financiero que en cualquier momento volverá a morder en nuestro empleo, nóminas o depósitos. Inútil confiar en instituciones que se mueven y motivan a base de subvención. Difícil confiar en religiones que no se revuelven contra la situación de injusticia generalizada pero sí sacan las uñas, por ejemplo, para atacar a personas del mismo sexo que desean vivir unidas.

La sociedad no encuentra referentes o modelos de conducta y comportamiento, ni por asomo en el sector empresarial (con los “capos” de la CEOE a la cabeza), ni en el público, ni casi ya en el deporte.

Queda cierta esperanza, eso sí, personas honestas y comprometidas que hay que identificar para que nos iluminen, porque sí que hacen falta liderazgos, liderazgos transparentes. Es curioso cómo Francisco se ha ganado a mucha gente en un par de días. No ha hecho nada heroico, nada que lleve a la santidad ni mucho menos. Simplemente comportarse normalmente. Mostrar preocupación por el mundo, ser humilde. Humildad y sencillez. Es decir, normalidad. No hace falta tanto. Y esas marcas, humildad y sencillez, han “vendido”, tienen hueco en este “mercado” lleno de engaños, asaltos e injusticias.

Las instituciones están totalmente desacreditadas, sin precisar ataques de nadie ni conspiraciones. Ellas mismas se han desacreditado con sus acciones, y lo han hecho a niveles que superan cualquier previsión, por tanto generando mayor grado de incertidumbre. En el mejor de los casos los ciudadanos, respecto a determinados personajes, se preguntan cómo se puede ser tan tonto, en el peor de los casos (más bien peores) la pregunta es cómo se puede ser tan hijo de puta.

Una situación que sin duda es caldo de cultivo para muchos fenómenos indeseados, como suicidios, depresiones, adicciones, extremismos, populismos,…

Pero lo que más asusta de la situación no es la incertidumbre en sí misma, sino su grado, suponiendo que pudiera ser medible o cuantificable.

La incertidumbre va unida a las expectativas sobre el futuro. Se señala que la única forma de vivir con la incertidumbre es su aceptación. Hasta ahí es posible que podamos coincidir con las habituales recetas de autoayuda. A partir de ahí hay varios caminos:

–          La espera, no hacer nada, el transcurso del tiempo nos va ofreciendo un presente y algún indicio del futuro. Está representada por la resignación, por la apatía. Llegarán de nuevo buenas olas que nos permitirán otra vez surfear,…¿pero no sería deseable cambiar algo?

–          La acción, la reacción. Pero esa reacción siempre se va a topar con quienes van a señalar que los efectos de la misma todavía serán peores (no se puede cambiar la constitución, no se puede salir de la UE, no se puede votar en contra del corralito en Chipre, no se puede, no se puede,…). Y la complicidad de quienes decimos eso desde nuestro PC, en nuestro ordenador.

El “que se jodan” rumiado en el Congreso hace unos meses, no era un insulto, era un ejercicio de prospectiva.

¿Qué nos queda en este caso?

La propia incertidumbre, que hay que aprovechar y gestionar. Saber moverse en esa incertidumbre, como individuos y como sociedad. Aprovechar también la incertidumbre generalizada como arma en los conflictos asimétricos existentes.

Entre ellos el conflicto social, marcado por la brecha entre lo que desean los ciudadanos y lo que se ofrece por parte del sistema político-financiero, una vez pasada la anestesia del ficticio bienestar, y alejado en mayor grado que nunca de ideología. Un grito que se define claramente en la expresión “WE THE PEOPLE” y no en “WE THE MARKETS” (y todos los “nosotros” que encontramos, castas-nidos de corrupción y de privilegios anacrónicos, como “nosotros las realezas”, “nosotros los políticos”, “nosotros los sindicatos”,…).  Y que inevitablemente debe llevar a una revisión urgente de todos los sistemas de representación actuales.

Como suele señalar Innerarity, el valor actual es saber gestionar el desconocimiento de nuestra sociedad del conocimiento.

Por otra parte, nada nuevo bajo el sol, ya lo señaló Dickens hace muchos años:

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación, teníamos todo por delante, no teníamos nada por delante, todos íbamos directo al cielo, todos íbamos directo en el otro sentido

Charles Dickens, Historia de dos ciudades, 1859.

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