INAUGURACIÓN CICLO SUPERIOR EN ANÁLISIS DE INTELIGENCIA – ICFS (UAM)

 

http://www.uam.es/ciforenses/esint/

CICLO DE FORMACIÓN SUPERIOR EN ANALISIS DE INTELIGENCIA

 Acto de inauguración del Ciclo Superior de Analista en Inteligencia

14 de septiembre de 2012

Facultad de Psicología de la UAM

 

Intervención del profesor Luis de la Corte Ibáñez

Director de Estudios Estratégicos y de Inteligencia

Instituto de Ciencias Forenses de la Universidad Autónoma de Madrid

 

Un nuevo experimento para la formación en Inteligencia

 

               En el acto V, escena V de su obra teatral Macbeth, Sir William Shakespeare ponía en boca de su protagonista un terrible y bello discurso que, andando el tiempo, ganaría fama. En él, Macbeth definía la existencia humana como un <<cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada>>. No se puede discutir que, al menos en ciertas ocasiones, la existencia puede abonar esa impresión entreverada de confusión y desengaño que otorga al mundo en halo de misterio, algo verdaderamente desordenado, absurdo y caótico; en suma, ininteligible. Y sin embargo…

            … Sin embargo, el impulso de comprender, de entender no ha abandonado a los seres humanos más que de forma ocasional y transitoria. Antes bien, si algo diferencia al Homo Sapiens del resto de las especies es su dotación para la inteligencia.

            Potencia del alma, en expresión aristotélica, facultad la llamarían los escolásticos, la inteligencia puede ser definida de forma contemporánea y genérica como una capacidad. Capacidad para entender y comprender, o para resolver problemas, según rezan respectivamente la primera y segunda acepción de la Real Academia Española de la Lengua. Impulso y capacidad, la inteligencia constituye primariamente una necesidad consustancial a la existencia humana. Como decía Ortega y Gasset, al resultar los instintos humanos insuficientes para darle resuelta su vida, incluso en sus aspectos más básicos, el hombre se ve obligado a decidir a cada momento qué va a hacer al siguiente. A su vez, esta obligación le impone la necesidad previa de “saber a qué atenerse”, es decir, de forjar una visión del mundo en el que vive, usando para ello todas sus facultades mentales: la memoria, la imaginación y, con ellas, la inteligencia (que siempre cuenta con la una y la otra).

            La necesidad de emplear la inteligencia y de potenciarla es transversal a todos los ámbitos de actuación humana. De ahí que la historia haya ido haciendo aparecer instituciones y profesiones dedicadas a su cultivo. De ese modo se explica, desde luego, la fundación de la Universidad y la constitución de la ciencia como actividad y profesión consagrada a promover y ampliar conocimiento: un precipitado natural del ejercicio de la inteligencia. Con el tiempo, y debido al interés de Estados y gobiernos por garantizar su propia supervivencia institucional, sacar ventaja a sus adversarios y preservar la seguridad de súbditos y ciudadanos, el vocablo inteligencia iría adquiriendo un significado nuevo, parcialmente distinto al de su acepción general y originaria. Llegó un día en que, al ser empleada en el contexto de las instituciones y profesiones a las que se les encomienda velar por la seguridad y la defensa colectivas, la palabra inteligencia dejó de designar una mera cualidad o atributo mental para pasar a denominar un uso delimitado suyo, así como el producto específico arrojado por tal aplicación. La “inteligencia” con la que tiene que ver el curso que hoy se presenta remite a esos ingredientes. Nos referimos ante todo a un conjunto de actividades que implican y requieren el empleo de la inteligencia humana pero que además se coordinan según ciertas pautas (cuya agrupación ordenada recibe el nombre de Ciclo de inteligencia) y que se orientan a la persecución de un resultado perfectamente definido. A saber, la obtención de información y la producción de conocimiento referente a cualquier riesgo o amenaza que pudiera perjudicar a la seguridad y los intereses de la propia comunidad. ¿Con qué propósito? Con el de facilitar y maximizar las opciones de éxito de quienes deban determinar el modo y los medios de proteger los intereses y la seguridad común.

            Como acabamos de recordar, a los Estados modernos corresponde la responsabilidad por la aparición de ese tipo particular de organismos que son los Servicios y las Unidades de Inteligencia, así como la creación y el perfeccionamiento del conjunto de procedimientos útiles para “producir inteligencia”. No obstante, esta relación preminente y originaria de la Inteligencia con las agencias estatales encargadas de la seguridad y la defensa ha favorecido la propagación de algunos equívocos y tergiversaciones que conviene advertir y despejar. Principalmente dos.

            El primer equivoco remite a la naturaleza de la inteligencia, tal y como lo interpreta buena parte de la ciudadanía a partir de una idea popular y básica sobre lo que son y lo que hacen los Servicios de Inteligencia. Configurada en parte por el influjo del cine y la literatura, y en parte por la información intermitente y escasa aportada por los medios de comunicación de masas, la idea más extendida sobre los servicios de inteligencia los describe como organismos esencialmente ocupados en el desarrollo de lo que, en formula más o menos técnica, se ha dado en llamar “operaciones encubiertas”. Entre ellas se incluye, ante todo, acciones de espionaje junto con una variedad de misiones secretas de propaganda e influencia y operaciones de índole paramilitar o incluso criminal. Sobre esta base, y apoyándose en ejemplos reales o de ficción bien conocidos, se asienta la suposición de que la actividad de los Servicios de Inteligencia se encuentra naturalmente destinada al desarrollo de acciones moralmente cuestionables o sencillamente ilegítimas e inmorales, contraviniendo los parámetros éticos propios del Estado de Derecho, los Derechos Humanos y la Democracia. Pero esta representación resulta parcial y profundamente desorientadora. Ante todo, es necesario subrayar que, aunque verdaderamente los Servicios de Inteligencia operen mediante procedimientos secretos y ejerzan responsabilidades relacionadas con el espionaje y otras formas de acción encubierta, tales prácticas están lejos de constituir su actividad principal. Antes bien, los Servicios de Inteligencia que realmente lo son (los que no emplean esa expresión como un mero eufemismo), responden a una prioridad única: analizar la realidad circundante con vistas a identificar y prevenir riesgos y amenazas.

           En cuanto a la presunta perversidad universal de los Servicios de Inteligencia hay que reconocer que sobran casos y ejemplos históricos y actuales que abonan dicha tesis. Empero, asimismo debe advertirse que, salvo en ocasiones excepcionales, no son los Servicios sino los Estados los que deciden y definen sus fines de actuación y los medios con que pueden perseguirlos. De este modo, si un Servicio de Inteligencia actúa de forma deshonrosa o inmoral la responsabilidad debe atribuirse principalmente a los gobiernos y regímenes a los que dicho organismo sirve.

            El otro equívoco antes anunciado nos devuelve al origen estatal de la Inteligencia, que lleva a seguir pensándola como una atribución exclusiva de los Estados. En cambio, hace ya tiempo que los Estados han perdido el monopolio de la Inteligencia. Así, en las últimas décadas hemos asistido a la multiplicación de actores activamente involucrados en la producción y el consumo de Inteligencia. De una parte, aquélla ya no es un asunto exclusivamente público. Entre otros, la Inteligencia ha penetrado el pujante y diverso ámbito de la seguridad privada. De otro lado, tanto los fines genéricos de la Inteligencia como sus procedimientos reciben hoy nuevas aplicaciones en el mundo empresarial y financiero, dando lugar a toda una nueva faceta generalmente conocida como Inteligencia Económica.

        Esas y otras tendencias han generado una demanda creciente de formación y ocupación relacionada con la Inteligencia. Pero, contra lo que dictaría la idea popular, la demanda no es de espías ni de personal operativo sino de expertos y profesionales del análisis. Es decir, de analistas de inteligencia. En España hace pocos años que esa demanda ha comenzado a ser respondida con distintas ofertas académicas planteadas por algunas universidades de prestigio. Con esta primera edición del Ciclo Superior en Análisis de Inteligencia, la Universidad Autónoma de Madrid, de la mano de su Instituto de Ciencias Forenses y de la Seguridad, se incorpora a esa nueva línea, destinada entre otras cosas a difundir entre el público universitario y la sociedad española una nueva Cultura de la Inteligencia y de la Seguridad.

Luis de la Corte Ibáñez

Director de Estudios Estratégicos y de  Inteligencia

Instituto de ciencias Forenses de la Universidad Autónoma de Madrid 

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